Hoy celebramos como Iglesia la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, es decir, la creencia en que María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original por gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, tal como lo mencionó el Papa Pío IX en 1854 cuando declaró el dogma de la Inmaculada Concepción de María por medio de la Constitución Apostólica Ineffabilis Deus.
De esta forma, María es redimida por su hijo de manera anticipada, es preservada de toda mancha desde su concepción, desde el primer momento de la animación, es decir, desde el “instante mismo en que la Virgen empezó a ser persona humana o sustancia compuesta de cuerpo animal y alma racional” (Alastruey, 1956). Por esto, hemos de creer “que Dios en el mismo instante de tiempo creó, infundió en el cuerpo y santificó el alma de María” (Alastruey, 1956).
Hemos escuchado en el evangelio el anuncio del ángel a María de que concebirá al Hijo de Dios en su vientre por acción del Espíritu Santo, siendo una realización de aquello por lo cual fue redimida desde su concepción, para la encarnación de Dios, su nacimiento.
Además, el evangelio nos narra el embarazo de Isabel, prima de María, con lo cual recordamos la concepción de María que ocurrió gracias a la acción de Dios, pues, sus padres, Ana y Joaquín, eran estériles. “Así, sería más notorio a todos que María había sido engendrada por milagro de la gracia y beneficencia celestial, que suplía lo que faltaba a la naturaleza” (Alastruey, 1956). “Por un milagro comenzaba la vida de María, que había de ser principio de todos los milagros” (Alastruey, 1956).
Hoy la invitación, hermanos, es a pedir por intercesión de la Virgen María, la gracia a Dios para que cada día crezcamos en nuestra vida personal y terrenal, pero sobre todo en nuestra vida espiritual, y nos vayamos convirtiendo en mejores personas, conforme nos acercamos a quien es la perfección y bondad misma, Dios en la persona de Jesús con la acción de su Espíritu Santo.
Que Dios que ha querido revelarse para la redención y salvación de humanidad, nos santifique cada día en tanto que nosotros le decimos: sí, con nuestra vida y estamos dispuestos a aceptarle y amarle, siguiendo el ejemplo de María, modelo de la Iglesia y orgullo de nuestra raza que dijo como hemos escuchado en el evangelio: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Comprometámonos, pues, a crecer en santidad para poder llegar al final de nuestra vida terrena y presentarnos, como dice la oración colecta de esta Solemnidad, limpios de todas nuestras culpas. Trayendo a nuestra mente y corazón las palabras del evangelio que dicen: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
Y hagamos del mundo en el que vivimos, de nuestro hogar, lugar de trabajo, estudio y demás sitios donde estemos una morada digna para Jesús, Dios hecho hombre, como construcción y anticipo del establecimiento definitivo del reino de Dios entre nosotros por medio del servicio a las personas que tienen alguna necesidad física o espiritual.